El fútbol, dicen, tiene esas cosas que parecen sacadas del multiverso. En Argentina existen los Barros Schelotto. En Egipto, los Hassan. De un lado, Guillermo y Gustavo. Del otro, Hossam e Ibrahim. Dos parejas de hermanos gemelos, idénticos, inseparables y futboleros hasta la médula. Y este martes, en los octavos de final del Mundial, esa versión egipcia buscará darle el golpe a la Selección.
Si para cualquier hincha argentino es normal ver a Guillermo girar la cabeza para consultar algo con Gustavo, en el banco de Egipto sucede exactamente lo mismo. Hossam Hassan, de 59 abriles, es el entrenador. Ibrahim, su sombra. Su mano derecha. Su mano izquierda. Su GPS futbolero. Nunca está lejos.
En Egipto ni siquiera se esfuerzan demasiado por diferenciarlos: directamente los llaman «Los Gemelos» -¿coincide, no?- como si fueran una sola persona repartida en dos cuerpos. Así los conocían cuando jugaban y así continúan ahora, desde que asumieron la selección en 2024 y la devolvieron al primer plano.
La historia arrancó en el Al Ahly, el gigante de El Cairo, aunque también dejó capítulos europeos en el PAOK de Grecia y el Neuchâtel Xamax de Suiza, dirigidos por Roy Hodgson. Pero el verdadero terremoto llegó cuando cruzaron la vereda y firmaron para el Zamalek, el archirrival de toda la vida. Traducido al idioma argentino: un pase de River a Boca. En Egipto todavía recuerdan aquella transferencia como «el fichaje del siglo». Y encima salió bien: levantaron tres ligas y una Liga de Campeones de África.
El más popular y reconocido de los dos fue Hossam. Sigue siendo el máximo goleador histórico de Egipto, con 69 tantos en 177 partidos, conquistó tres Copas Africanas y marcó el gol que devolvió a su país a un Mundial en Italia 90. Para muchos egipcios, su impacto futbolístico fue comparable al que hoy genera Mohamed Salah.
Ibrahim, en cambio, construyó su leyenda desde otro lugar. Lateral derecho, temperamental y de sangre caliente, protagonizó episodios dignos de una película. Según reconstruyó The New York Times, llegó a desarmar a un militar para proteger a su hermano durante una pelea. Defender a Hossam nunca fue una opción: fue una misión.
En el banco aflojaron un poco las revoluciones. Un poco. Porque la personalidad competitiva sigue intacta. Desde que asumieron, Egipto apenas perdió un partido oficial, atravesó invicto las Eliminatorias y armó un equipo disciplinado, intenso y tácticamente versátil. Incluso Hossam dejó atrás viejas diferencias con Mohamed Salah para construir una relación de confianza con la máxima estrella del plantel.
Ahora les espera el examen más bravo de todos. Del otro lado aparecerá la Argentina campeona del mundo. Mientras Lionel Scaloni buscará mantener vivo el sueño del bicampeonato, los Hassan intentarán escribir el capítulo más grande de su carrera en una Copa del Mundo. Porque, igual que Guillermo y Gustavo en este lado del mapa, creen que dos cabezas -que piensan igual- pueden ser mucho más peligrosas que una.



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