Había que ser Gardel. Por una cabeza. Alto en el cielo de Georgia. No quedaba otra que ser Gardel, o Gardelito, Enzo Fernández, para ganarle una vez y derrotar a Mostafa Shobeir, dios egipcio de los arcos, sin que el guante del gigante amarillo la rozara siquiera como lo había hecho con el de Cuti, con el de Messi, con los tiros de Julián o el cabezazo de Alexis. Nada de volver con la frente marchita. Nada de que el último tango diera el “chan, chan” en Atlanta. No, señor. ¿Cómo se atreve, usted destino, a creer eso?
Y Enzo lo supo. Y adivinó el parpadeo de ese centro de Lautaro Martínez que a lo lejos iba marcando el destino argentino. Y saltó para ganarle hasta a las pirámides, a la Esfinge que estaba acostada dentro del área egipcia. Y zácate. Cruzado, como ese puñal que nos clavó Yasser Ibrahim a los 15 minutos. Pero ahora nuestro. Todo nuestro.
Argentino. En el descuento. Tic, tac. Para activar esa esperanza humilde, que es toda la fortuna de mi corazón. Al que le cantó el Zorzal. La que nunca se perdió en el Mercedes-Benz Arena. Y que estalló cuando la pelota entró al arco, por fin, luego de la asistencia del Toro. El gol valioso que tanto había deseado Enzo, que bien arriba le ganó Yasser Ibrahim y terminó iniciando el pogo del “vamos Argentina, sabés que yo te quiero” que ya es Himno.
“ Venía anhelando el gol hace tres años más o menos, desde Qatar. Poder vivir estos momentos me hace ser un privilegiado. Tenemos un grupo fenomenal que no se da por vencido. Estamos juntos siempre a pesar de las adversidades. Un pasito más». Emocionado, habló Gardel. De inolvidable firulete, preciso en la baldosa para dar los pases seguros ( sólo falló cinco de 80), con la enjundia necesaria para la fricción, con el alma en cada pelota.
«Llegaba para cumplir mi sueño y le agradezco a Dios porque me dio esa fortaleza de siempre ir por más después de las adversidades. Seguimos vivos y vamos para adelante, esto es Argentina y hay que ir para adelante. Estos moemtos de dificultades que pasaron durante el partido nos dejaron una enseñanza a todos», añadió EF.
Un Fernández que hizo varios más después de aquel primero ante México, presentación de MVP de Selección cuando con un roscazo al segundo poste de Memo Ochoa sacó de la cornisa definitivamente a la Scaloneta. Parecido por la tensión, por el valor, hasta por dónde entró la pelota, a aquella emotiva tarde en Lusail.
Por eso los puños apretados al cielo oteando en el horizonte, buscando entre los 60 y pico de mil almas a Valu, a Olivia, a Benja. Quería estar abrazado con ellos. Con todos. «Cuando entró la pelota pensé en toda mi familia que está ahí en la tribuna, en toda la gente que esta en el estadio, en la gente en Argentina, la verad que se me llena el corazón de emoción, de orgullo, sabemos que todos los argetinos nos están apoyando y eso es muy fundamental para nosotros».
Y ese empuje lo ayudó. Le dio el envión para esa definición tremenda, “A veces en esas situaciones me ponen mis compañeros, tienen una calidad terrible. Hay que aprovechar esas jugadas donde hay espacios y hay huecos. Ya pasaron cuatro años, vinimos a disfrutar un nuevo Mundial. El fútbol olvida lo que pasó atrás. Seguimos”.
Y sí. Sigue. Aunque en los altoparlantes de Georgia sonó John Denver en pleno cooling break cantando “caminos rurales, llévenme a casa, al lugar que pertenezco”, la música Country no le ganará nunca a un buen dos por cuatro. O un dos por tres, ante Egipto, en una tarde inolvidable en este rincón del Este de los Estados Unidos en el que Argentina volvió a demostrar que tiene con qué soñar. De Enzo estamos hechos.



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