Un suspenso hitchcockiano. Un segundo y medio que se hizo elástico. Interminable. Como el partido mismo. Como las series Mundiales que está jugando esta Selección. Un remate impecable, de superstar por el que tironean y erosionan sus relaciones diplomáticas los clubes más poderosos de España. Un Julián Álvarez que sacudió -paradójicamente- ese ángulo en el que los libros de texto del fútbol confirman que anidan las arañas.
Araña y Piraña, Julián cortó ese zapatero personal con un zapatazo salvador. Que quebró ese paredón suizo, firme, sobrio. Que subió y bajó justo en el ángulo de Gregor Kobel. Que llegó para el crack de Calchín en el momento más crítico, cuando ni el hombre de más parecía alcanzar para desestructurar la sinergia defensiva del rival. Un chute imposible de tapar, de los que metía en el Atlético natal, de los que también marcó en River y en el Atleti.
“Hubo mucho desahogo. Estoy muy contento, intentamos hasta el final más allá de que teníamos uno más. Sabíamos que el gol iba a llegar, estamos muy felices”, dijo el crack de acento cordobés, cara de Peter Parker y huevos de superhéroe de Marvel. “¿Sobre lo que se habló luego de Egipto y las polémicas? Siempre se habla mucho, nosotros tenemos que enfocar la energía en nuestras cosas y no prestarle atención a lo que se dice en redes”, le bajó el precio al runrún con la misma velocidad con la que su remate cambió de dirección para aterrizar en zona de grito sagrado.
Épico, determinante, para inclinar el score y dejar que Lautaro fuera para marcar el tercero y redondeara el resultado. Un gol atribuible a los mejores highlights de Messi pero que llegó desde el botín derecho del #9. Para llevar a las semifinales y para asegurarle a Leo jugar ocho partidos en el Mundial. Y dejarlo a tan solo 180 minutos (si no hay prórrogas que obliguen a tener el tensiómetro a mano) del anhelo de la Cuarta.
La reacción y el modo de ganar
“Ganar de esta manera levanta muchísimo. Preferimos ganar de otra manera pero lo importante es seguir avanzando”, reconoció el pibe que creció con el proceso de Scaloni. El que irrumpió como opción para reemplazar a Lucas Alario en la Copa América 21 y terminó dando sus primeros pasos oficiales en aquella primera gesta de la Scaloneta. El que se ganó la titularidad en el Mundial de Qatar, el primero de su carrera, y resultó determinante por su asfixiante capacidad de atosigar a los defensores rivales. El que en Europa se potenció, primero en el City y después en Madrid.
Ese mismo delantero que llegó al Mundial con el tobillo todavía en proceso de curación producto del esguince severo sufrido en la semifinal de la Champions League ante el Arsenal. Una lesión que no le permitió trabajar a la par hasta entrada la preparación en Kansas City pero que finalmente quedó archivada. Pero que quedó atrás, entre tratamientos específicos y esfuerzo personal para poder estar. Para poder rendir. Y si bien ese nivel top demoró en aparecer, irrumpió en el momento justo.
Julián pareció recuperar aquel superpoder, aquel sentido arácnido que había comenzado a aparecer en el épico 3-2 ante Egipto: de su quite en el final nació el pase a Lautaro y el gol de Enzo. Esta vez le tocó dar otro paso adelante. Un bombazo que complementó con su despliegue, con su voracidad para retroceder. Para ser, al fin y al cabo, el jugador de los 500 millones de cláusula. Al que no quiere soltar el Atlético. El que pretende Barcelona, PSG, Real Madrid y tantos otros que se irán sumando al listado en las próximas semanas, cuando el mercado europeo acelere post Mundial.
Ese delantero multifacético que sube su cotización con rendimientos. El que hizo saltar a la Argentina, una vez más, con un suspenso hermoso que nos llevó a disfrutar. A patear todo lo que había alrededor. A mandar los restos de pizza a vaya a saber uno dónde. A festejar otro thriller con final feliz.





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