
Argentina está destrozada. Golpeada. Por el piso. Excepto uno. Emiliano Martínez camina entre los futbolistas desilusionados, rotos internamente por el esfuerzo pero también porque existía la esperanza de llegar a la Cuarta. Uno por uno, Dibu los palmea. Les habla. Los consuela. No está entero, le duele tanto la derrota en la final como la mano derecha, que a diario le recuerda esa fractura sufrida con el Aston Villa. Pero está ahí, firme. Después de su mejor partido en el Mundial, en la final. Gigante. Acompañando a los suyos en un partido en el que logró sacar casi todas, pero que lo encontró quizás con alguna duda en el 0-1.
Dibu jugó su propia final. Y respondió: tantas veces que -según sus palabras- sus defensores lo ayudaron a custodiar el arco, esta vez él sobresalió. Porque tapó 11 pelotas en el partido más tensionante que un jugador puede disputar. Y lo hizo en el modo Martínez. Seguro, rápido, atento. Por eso cuando el árbitro pitó el final, se dejó caer con la cara rozando la hierba. Había dado todo.
Los niños y los highlights no mienten. Dibu atoró un tiro de Yamal cuando recién había comenzado el partido, controló un remate filoso de Mikel Oyarzabal, un intento de Álex Baena en el segundo tiempo, una búsqueda light de Dani Olmo, un cabezazo de Ferrán Torres, un chute de Pedri y otro de Cubarsí. Repitió con Laporte. Le negó un cabezazo a Nico Williams y un tiro libre a Lamine.
Una máquina que, sin embargo, no logró con esa daga que cayó a espaldas de Nahuel Molina, que Williams mandó hacia adentro de cabeza -cuando parecía que la pelota se iba- y que Ferrán facturó. Un centro en el que el marplatense pudo haber salido a cortar: no pareció estar seguro de hacerlo, se quedó en el área chica y España aprovechó.
NUEVA JERSEY (ENVIADO ESPECIAL).

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