Por las ventanas del JP Morgan, espejadas y con vista a la rush hour de la autopista, los últimos ejecutivos que quedaron en la oficina ven una plaga de argentinos cruzar la Woodall Rodgers. El Klyde Warren Park vuelve a ser núcleo pasional. Barrio. Murga. Carnaval. Es Dallas, pero sabe a Argentina -y por sectores- huele a Jamaica.
Los trapos se convierten en muro perimetral. Huracán Las Heras, Atlanta, Independiente Rivadavia, Banfield, Colegiales, Ferro, San Lorenzo. Homenajean clubes, identidades, amigos que ya no están pero se sienten. Es un Woodstock futbolero.
Un “Banderazou”, según pronuncian los texanos. Son miles los que llaman la atención de todos. Hay Dibus. Hay Maradonas. Hay Batistutas. Y Messis. Uno, dos, cientos. De NOB, del Barsa, del Inter Miami. De Argentina. Con dos y tres estrellas. Está en las caretas y en las gorras. En las telas king size pintadas o en las que se mandaron a sublimar. El Diez está en todos lados.
En el corazón de Leo, argentino por herencia. Nació en Houston, sus viejos son del Cono Sur. “Messi es el primer amor, una de las mejores personas…”. Luce gorrito de lana, gafas armadas, un chal estilo árabe. Delante de él una familia de peruanos sonríe. Tienen a upa a Tango, el perrito al que adoptaron hace unos meses y que bautizaron así por el último tango de Lionel. Al que le dedican una canción ya célebre.
“Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”. El hit se oye desde los extremos del parque. “Vinimos todo’ a USA a ser campeones». El bombo y el redoblante se mezclan con la trompeta. A los costados unos mexicanos ponen vía stream el partido de Uruguay. “¿Cómo va Bielsa?”, se oye una pregunta. Dos hinchas, uno de Cole y otro de Almirante, consultan en modo argento. Todo es así: hasta los nenes con la casaca albiceleste se menean en las hamacas del único sector blando, diseñado para chicos. El chifle te atrae a padres: la brisa apaga los 42 de térmica de Dallas.
Pero la transmisión se corta por las silbadoras. Hay fiesta. Nochebuena en junio. Un curso, una vereda, adoquinado, mate, sonrisas. Ganas. Esperanza. La bandera hecha telón cruza longitudinalmente el park, otra vez. Un ritual que se oye con el mantra de los “ohhh”, del Himno. “¿Y ahora quién toca?”, empiezan las encuestas. ¿Cabo Verde? ¿La Celeste? ¿Arabia otra vez? “¡Hizo un gol España!”, llega tarde uno al que el 5G le actualizó por fin el sitio de Internet.
Hace calor pero lo que mueve la fibra es otra cosa. Es está Selección transversal que une, que sella grietas, que pone juntos al de Almirante y al de Morón. Comparten cerveza (los puestos, prolijos, la sirven bien fría) los de San Lorenzo y Huracán. Disfrutan juntos por la misma bandera. El mismo escudo. La misma esperanza de la Cuarta. En Dallas, en Kansas, en Miami o en la puerta de uno de los bancos más poderosos. Dónde sea.







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