«La Copa es mi obsesión”, “la obsesión por la séptima” son frases que vienen acompañando cada año deportivo de Boca desde hace rato. Todo pasa por la Copa Libertadores, que por un lado atenúa los juicios cuando se defecciona en los torneos locales y, por otro, hasta termina estorbando el disfrute de los éxitos nacionales.
Desde la última (2007), Boca ganó 11 ligas y copas de liga, 4 Copas Argentinas y 3 Supercopas Argentinas. Pero no: esos DT ganadores de estrellas se iban como fracasados por no ganar la Libertadores.
A la “obsesión”, se le da sentido positivo: ser obsesivo es empeñarse tanto en algo, concentrar tantas energías en un objetivo que aumentan las chances de alcanzarlo.
Pero una obsesión también es un trastorno, del tipo de los que nublan el razonamiento y el buen sentido. ¿No será esa presión desmesurada por llegar a “la séptima”, lo que hace a Boca entrar a jugar sus partidos de copa tan pasados de revoluciones?
La expulsión del Ruso Ascacibar parece un síntoma, el tipo que está tan desesperado por recuperar una pelota cerca de la media cancha, por no perder una trabada, que patea y patea aunque estén la cabeza y el hombro de un rival caído en el lugar donde iba a estar la pelota.
La recurrencia de estas situaciones verifica que algo anda muy mal; venimos de la de Bareiro en Belo Horizonte, donde Boca terminó el partido en un remolino de furia con titulares y suplentes corriendo por toda la cancha a un rival que los había cargado. ¿Y si le echaban a dos jugadores más? Y van volviendo a la memoria: Rojo, Fabra, Advíncula…
Hay más: la obsesión obnubila, pero también la leyenda de que la Copa hay que ganarla de atropello, a lo macho, con más guerra que juego. Y justo, justo, cuando Boca empezaba a encaminarse como favorito por su evolución en el juego.



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