El país está en su puño apretado. El derecho. El que agita desaforado. Todo un símbolo de victoria, de éxito, de aguante. De fe. Emiliano Martínez explota a la vez que dimensiona lo que acaba de conseguir. Quería llegar al estreno ante Argelia. Se lo propuso en el mismo momento que supo que había sufrido una fractura en el anular de la mano derecha. Y lo logró: en menos de un mes, en exactos 17 días, pudo ponerse los guantes y atajar en el primer partido de su segundo Mundial.
Por eso, Dibu se desahoga adentro de la cancha al mismo tiempo que considera todo lo que atravesó en las dos últimas semanas para estar en plenitud en el Kansas City Stadium. “No pude hacer mucho en campo. Con Martín (Tocalli) y Capu, el fisioterapeuta, hacíamos triple turno tratando de sacar la hinchazón del dedo, que era mucha. Dejé a mi cuerpo tratar de curarse solo. No me operé y fue la mejor decisión”, confesó el arquero de 33 años después del 3-0. Revelando que su presencia no era cuestión únicamente de voluntad sino de que el tratamiento surtiera efecto.
Desde el momento en el que se enteró del diagnóstico, Dibu supo que estar parado con el buzo naranja flúo de Argentina ante los africanos iba a resultar muy complicado. Que no era seguro que pudiera atajar independientemente de que él así lo quisiera, con analgésicos mediante, pararse en el arco.
Que debía hacer un esfuerzo importante. Tanto es así que incluso uno de los especialistas en mano a los que consultó después de la final de la Europa League le deslizó que pasar por el quirófano era una opción a considerar. Pero el marplatense prefirió declinar esa chance. Una que no hacía match con su deseo inmediato de estar en la Copa del Mundo.
El plan K(ansas)
La solución alternativa fue someterse a una rutina específica para lograr desinflamar la articulación mientras comenzaba a soldar el callo de la fractura. Es por ello que incluso durante su período de vacaciones junto a su pareja Mandinha y sus hijos Santi y Ava, Dibu nunca dejó de trabajar respetando las consignas que le marcaba “el mejor fisio de todos”, según sus propias palabras.
Pablo Capuchetti hizo un seguimiento cercano de la lesión para que Martínez lograra la rehabilitación récord que se certificó el jueves previo al debut a través de los estudios de diagnóstico por imágenes: el hueso había empezado a soldar.
En paralelo, para no perder ritmo, Tocalli le diseñó un plan especial de trabajos con una sola mano (la izquierda) mientras lucía en la derecha un vendaje en sindactilia (el dedo fracturado se inmoviliza con el sano). Ejercicios de reacción con pelotas de tenis, de reflejos, de movimientos propios evitando caer sobre la mano lastimada que paulatinamente fueron creciendo en cargas.
El esfuerzo fue fructífero: cinco días antes del partido, Dibu salió a la cancha con los dos guantes puestos -además de una férula flexible para mantener estable la zona de la lesión. “Estamos bien”, decía el sábado, luego de haber expresado en su rostro gestos de dolor durante la práctica del día anterior.
Todo parte del pasado para un Dibu que se encargó de disfrutar de la victoria. Del brillo incandescente de Lionel Messi (“El Diez nos hizo la vida más fácil, ja”). Aunque también apuntó a la prudencia.
“¿Vos viste lo que es el Mundial, lo que está pasando? No somos candidatos pero sí vamos a pelear hasta el final”, lanzó en zona mixta antes de quitarse mérito por su 42° arco en cero (“Los defensores me hacen el trabajo muy fácil”). A cinco clean sheets de Chiquito Romero, el #1 en vallas invictas de la historia de la Selección, el máximo logro para Martínez sin embargo fue poder estar. Por eso ameritaba ese grito. Ese puño. El de todos.




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