Cuando Gonzalo Montiel ejecutó el quinto penal y Argentina fue campeón del mundo en Qatar, una generación entera (más de una, en realidad) que llegó tarde a las hazañas extraterrestres de Diego Maradona, dejó de perseguir la quimera. Parecía que no, que habría que seguir esperando, que la estrella de Lionel Messi se iría apagando, inexorablemente al ahogo de sus frustraciones repetidas, envuelto en un loop de maldiciones hasta el mismísimo infinito.
Muchos de los que habíamos disfrutado del privilegio de vivir los dos títulos mundiales (1978 y 1986) pensábamos que era el impuesto, el precio que había que pagar por haber sido testigos de esas epopeyas. O era el castigo divino por haber sido (o seguir siendo, en definitiva) devotos de un dios pagano y de los pobres como Diego Armando. Es que, bien pensado, alguien podría quedarse más que contento de ser contemporáneo de los goles de Kempes o de ser testigo del ahogo emocional que significó ver el gol a los ingleses, con el sonido de la tele mudo y el relato de Víctor Hugo en la radio, una gloria del cielo.
Pero no, che, si había alguna cuenta que saldar, ya estaba bien pagada, con intereses y punitorios, si es que correspondía. Ocho mundiales pasaron en el medio, con la frustración de dos finales perdidas (en una nos encajaron un penal, en la otra no nos dieron uno) hasta que el deseo sobrenatural de Lionel de dar vuelta la historia pagó en una sola mano todas las desilusiones y tristezas acumuladas por décadas.
Y como a miles de hinchas, a Olé le pasó algo parecido. La mayoría de los jovenzuelos que arrancaron la aventura hace 30 años no habían sido conscientes de la era de oro de Diego, y sufrieron en carne propia los oscuros años del post dieguismo. Muchos, ni siquiera hablaban cuando Argentina tuvo ese verano hermoso, pero fugaz con Alfio Basile en la previa del último Mundial de Diego, cuando -sin él- ganó las copas América de 1991 y 1993, con Cani, Bati y un equipo que no pudo coronar después en las competencias máximas del fútbol.
Francia 98: el inicio de un camino Mundial
Pues bien, en 1998, con Olé recién salido a la calle pero instalado ya como una rupturista referencia del periodismo deportivo argentino, la Selección fue a su aventura mudialista, ahora sí ya sin Maradona a la cabeza, con un Daniel Passarella y su mano dura que inauguró una nueva era.
Y ese Mundial que era todo ilusión, finalmente naufragó en la nada. No sin antes generarse conflictos alrededor del equipo, desde que Olé publicó las lonas que colocó el Kaiser en la concentración del equipo en L’Etrat para que el periodismo no pudiera ver las prácticas. Más allá de todo, fue una gran experiencia para un diario deportivo que realizó una cobertura nunca antes vista, con el diario (entonces de papel en la prehistoria de Internet) tenía una edición que se imprimía en Francia.
Esa, claro, fue la primera gran decepción, pero antes hubo otra, dolorosa también, que no tuvo el mismo impacto. Fue la medalla de plata que la Selección Olímpica obtuvo en Atlanta 96, en esa final perdida frente a Nigeria que impidió que el equipo nacional de fútbol ganara su primer oro de la historia en los Juegos. Y una mala Copa América en Bolivia 1997, en la que la Selección se quedó afuera en cuartos de final. Desazón casi idéntica que se repitió dos años después, en Paraguay, con el mismo resultado para el equipo argentino. Por entonces, había igualmente cierta esperanza en una Selección que sufrió una gran renovación de la mano de Passarella, con futbolistas jóvenes como Ariel Ortega, Roberto Ayala, Juan Sebastián Verón, Matías Almeyda, Marcelo Gallardo y Hernán Crespo, entre otros.
Como fuere, el Kaiser dejó una base, pero también quedó la sensación de una chance perdida, en ese partido en cuartos frente a Holanda, en el que el Burrito se hizo expulsar y Batigol estrelló un tiro en el palo para empatar el partido. Finalmente, no pudo ser.
Con la renuncia de Passarella, Julio Grondona decidió patear el tablero. En realidad, le ofreció a José Pekerman, por entonces responsable del exitosísimo ciclo de Juveniles de la AFA, que se hiciera cargo de la coordinación de todos los equipos nacionales y ahí José sugirió el nombre de Marcelo Bielsa para que tomara la Mayor, cuando él mismo pudo haberse elegido para el puesto.
El Loco tuvo un impacto enorme en esa Selección, que se paseó por las Eliminatorias y dio cátedra en cada partido que jugó, también contra equipos europeos. Fueron años de un dominio enorme, que pusieron a la Selección entre los candidatos para Corea-Japón 2002. Nadie vio, Olé tampoco, que el equipo había tenido su pico de rendimiento físico y futbolístico antes del Mundial, al cual llegó con un plantel desgastado por demás por la competencia europea, y por un Bielsa que tiró de la cuerda por demás. En un momento, además, que la misma personalidad obsesiva del Loco comenzó a impactar negativamente en las relaciones internas con el plantel, Fue, no solo la desazón más grande, sino el fracaso más estrepitoso de la historia moderna de la Selección, que si bien ganó el partido inaugural ante Nigeria (por un gol fantasmal de Batistuta), perdió el clásico con Inglaterra y no pudo superar a Suecia en el tercer encuentro, para quedar eliminado en primera fase. Para Olé, también fue un golpazo, en un Mundial que demandó modificar dramáticamente la rutina por los horarios, y en el que, por única vez en la historia del diario, sacó dos ediciones en 12 horas. Fue el día del partido contra Inglaterra, con un ejemplar que se publicó a mediodía (una Sexta Edición, como se decía entonces) y la tradicional que se publicó al día siguiente, con la misma dotación de periodistas que, para soportar una jornada extenuante y larga, exigió un almuerzo en una parrilla de Puerto Madero a cargo de la Dirección, cosa que por supuesto se consiguió.
Pero pese al papelón, y a lo que marcan los libros, Bielsa decidió seguir. Grondona, en una idea poco común, le renovó el contrato y las cosas siguieron en los carriles normales hasta 2004, cuando se produjeron dos hechos significativos y contradictorios. Primero, Argentina sumó otra decepción cuando perdió inexplicablemente la final de la Copa América de Perú ante Brasil, que tenía ganada, pero en la última jugada empató Adriano y caímos en los penales. Y, luego, unos meses después, la Selección, ahora sí, obtendría por primera vez el oro olímpico en fútbol, al derrotar 1-0 a Paraguay con gol de Tevez, en un día glorioso para todo el deporte argentino, ya que también ganó el Oro la Generación Dorada de básquet.
Cosas de Bielsa, a la vuelta de Atenas, el Loco decidió presentar la renuncia porque se había “quedado sin energía”. En Olé nos agarró en plena reunión de edición allá por las 2 de la tarde, cuando alguien entró con la noticia (el inolvidable Chino Marón, según la poco confiable memoria de la redacción) y hubo que empezar el día de nuevo. Entonces, ahora sí, a Pekerman no le quedó otra que hacerse cargo del equipo, porque para el Mundial de Alemania quedaban solo un puñado de meses…
Para gran parte del ambiente del fútbol, Pekerman era la garantía del éxito. Por aquellos años en los que la Mayor acumulaba frustraciones, sus equipos juveniles fueron un aire fresco que compensó, en parte, los sucesivos fracasos del equipo principal. Por la forma correcta de comportarse, por lo bien que jugaban sus equipos, por la categoría de los chicos que fueron surgiendo en los sucesivos campeonatos mundiales de Qatar 1995, Malasia 1997, Argentina 2001, luego vendría Holanda 2005 (ya con Messi en el plantel) y Canadá 2007 y que, de alguna manera, irían a nutrir a la Selección de cara al Mundial 2006.
Y fue un momento fundacional, ya que es el inicio de la Era Messi en la Selección Argentina, entonces, fue el primero de sus hasta ahora cinco mundiales, que serán seis con su participación en EE.UU./México/Canadá. Fue una época en sí misma, en la que Leo tuvo que cargar el peso de los 20 años sin títulos mundiales y que se extendió 16 años más. Ese equipo que jugaba bien, que combinaba técnica depurada con disciplina táctica, y grandes jugadores (Riquelme, Cambiasso, Aimar, Saviola, Crespo, Tevez, Ayala, Sorin) para respaldar a un Messi que ya deslumbraba en Barcelona y que bien podría ser ese toque revulsivo que le diera al equipo el salto para ganar la Copa. No pudo ser, quizá porque en cuartos de final, ante el local, José decidió hacer otros cambios y dejar a Leo en el banco, mirando cómo la Selección caía por penales en Berlín y se despedía sin haber perdido un partido en la cancha.
Después de Alemania, comenzó una danza de entrenadores que rompió con la estabilidad que el mismo Grondona había impuesto desde su llegada a la AFA a fines de los 70. Basile reemplazó a Pekerman, pero no estuvo a la altura de lo que se esperaba de él en su segundo ciclo. Perdió por goleada la final de la Copa América 2007 ante Brasil, en Venezuela, y en las Eliminatorias no logró hacer pie con un equipo lleno de figuras. Al Coco lo reemplazó Maradona, pero su llegada no tuvo el impacto emocional esperado. La Selección se clasificó al Mundial en un partido dramático contra Perú en el Monumental, y su desempeño en Sudáfrica estuvo más apoyado en lo emocional que en lo futbolístico y así nos fue: eliminados por goleada en cuartos de final a manos de, otra vez, Alemania.
Messi, al cabo, se fue de Sudáfrica sin haber convertido un gol y ahí comenzó su etapa más oscura en la Selección, porque la gente, con o sin razón, le empezó a exigir que tuviera el mismo éxito que en Barcelona, donde ya tenía dos balones de oro, era considerado el mejor jugador del mundo y había ganado tres Champions League, entre otros títulos grandes.
Pese a los contrastes entre un escenario y otro, Leo nunca dejó de venir, pero cada vez que ponía la cara salía malherido. El punto más bajo fue la Copa América 2011, con Argentina jugando de local y eliminado por penales con Uruguay, en medio de silbidos para el equipo que por entonces dirigía Batista, y que luego sería reemplazado por Alejandro Sabella.
Pachorra fue un bálsamo en medio del desgobierno dirigencia l. Desde su sabiduría, corrigió el rumbo y fue un muro de contención. Con él, el equipo mejoró y llegó a la final de Brasil 2014, pero pese a jugar mejor que Alemania en la final, perdió en el alargue y en lugar de una estrella sumó otra frustración. Messi tuvo otra final sin el protagonismo esperado y la tormenta cayó sobre él. Además, sin Sabella, la debacle que devino a la muerte de Grondona, y la crisis de la AFA finalmente llegó a la Selección. Gerardo Martino no sobrevivió a dos finales de Copa América perdidas contra Chile (2015 y 2016), la segunda de las cuales derivó en la renuncia a llanto partido de Messi , aunque volvería poco después. En lugar del Tata asumió un Bauza que tampoco encontró el camino.
Del desastre de Sampaoli en Rusia 2018, con Argentina afuera en octavos de final, alumbró el mejor de los amaneceres. Antes, fue un calvario, con un equipo que rompió con el técnico en medio de la competencia, que terminó como tenía que terminar: eliminado en octavos frente a Francia.
Desde un Scaloni que pareció un plan de emergencia, asomó un entrenador con otras ideas, que supo rodear a Messi con una generación con otra cabeza, que no estaba contaminada con la crisis anterior. Leo se reinventó. Se hizo líder ya de grande, como padre futbolístico de los más pibes, que lo bancaron en todas y que lo entendieron como nadie.
El arranque de un ciclo exitoso
El nuevo Leo asomó en la Copa América de Brasil 2019, en el que el tercer puesto se evaluó como positivo, porque asomaba un nuevo equipo, con un Leo más protagonista desde lo emocional, que se enojaba con los rivales, que declaraba contra la Conmebol, un Messi maradoniano dentro y fuera de la cancha. Finalmente, la mochila cedió al peso de la historia, y la Selección se desbloqueó dos años después, en la Copa América 2021 nada menos que contra el local Brasil, para iniciar una era gloriosa que se extendió al Mundial de Qatar y a la última Copa América en Estados Unidos.
Para todo Olé fue una experiencia inédita, tener que trabajar en caliente, ebrios de euforia, pero con la necesidad de mantener el equilibrio que el oficio demanda. Una tortura de décadas que se redimió en un impulso de felicidad que, ojalá, no se termine jamás.





Deja una respuesta