El superhéroe de nuevo traje flúo, diseño 2026, camina rumbo a la cabecera que da al atardecer de Kansas City, a las tiendas de merchandising y atracciones varias. “¡Dibu! ¡Dibu!”. El grito/alarido le llega. Es arenga. Es aliento. Él mira y sonríe. No baila: está enfocado. Está ahí, el tipo. Se lo propuso y ahí anda. Con los dos guantes puestos, férula mediante y el “familia Martínez” ploteado. Con su indumentaria a estrenar. Con la #23 eterna. Con aura. Emiliano Martínez did it.
Lo hizo. Pese a la fractura en la inserción del anular derecho. Si atajó una final UEFA con la mano rota, ¿quién lo iba a sacar de un debut en un Mundial? Nobody. Cautela mediante, claro: nadie se arriesgó. Entró porque estaba listo. Pero él laburó. Con “el mejor fisio”, Pablo Capuchetti, atento a cada ejercicio de rehabilitación. Con Martín Tocalli, el entrenador de los arqueros, diseñando todo para que durante la recuperación de una mano la coordinación macro no se perdiera.
Pelotas de tenis, de voley, más chiquitas, número cinco. Todo adaptado para que el marplatense llegara. Y con éxito de reflejos y de templanza. De jerarquía para resolver aquello que otro arquero podría haber sufrido y que él resolvió con oficio y jerarquía.
Habrá que preguntarle a Fares Chaïbi, #10 que lo buscó sorprender al primer palo, si esperaba ese puñetazo al córner. Nadie. Metió la mano y afuera. Es cierto: en la definición anulada por offside poco pudo hacer; el banderín hizo justicia y todo pasó, a fin de cuentas. Archivado, como chat de WhatsApp.
Como esa lesión ósea que preocupó a todo un país. Suspenso de ídolo que empezó a atenuarse cinco días antes del estreno, cuando la resonancia magnética reveló que el callo de la fractura estaba soldando. La señal que faltaba.
Y Martínez estuvo. Volvió. Atajó. Y leyó también. Moviendo la pelota cuando Argelia presionaba alto, de Cuti a Licha, para Montiel, Medina o Enzo. Lanzando largo en el final del primer tiempo, cuando el lateral izquierdo argentino había atacado bien la espalda de su marca y llevó a Argelia a caer en la trampa de hacer un foul a metros del área y con el final de primer tiempo haciéndole pressing (ojo de crack). O para buscar el mismo hueco en la génesis de la jugada del 2-0, con Leo en su radar antes de que Nico atacara, de que Alexis rematara, de que Messi la empujara.
Y él alza el puño. Ve el tercero. Se alegra. Disfruta. Quizás la mano aún duela. Pero el esfuerzo valió la pena.



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