Una de las frases que Eduardo Coudet lanzó en plena medianoche de Valencia se terminó transformando en eslogan durante el post 2-1 ante Carabobo: “Que la ambición de ganar supere el miedo a perder”. Una reflexión que impactó discursivamente en los hinchas y que resumió perfectamente el deseo de Chacho.
El objetivo del deté es que, por efecto cascada, el mismo optimismo que llevó a Facu González a lanzar una pelota a ese punto ciego de la defensa de los venezolanos y a Maxi Salas a definir desde un ángulo incómodo para ganar en la Sudamericana termine retroalimentando positivamente a River. Un equipo que necesitaba un shock de fe. De autoconfianza para empujar e ir por la heroica aun asumiendo riesgos cuando estratégicamente, por caso, hubiera resultado hasta sensato que se recostara en el 1-1 luego de un trámite tan cambiante y estresante. Cuando en el arco ya no estaba Santiago Beltrán sino Matías Viña. Cuando las piernas ya pesaban y el local se envalentonaba con meter una piña histórica.
Esa síntesis conceptual de Coudet que fue replicada por usuarios de diferentes redes sociales hizo match con otra mirada que el deté lanzó después de ganarle a Aldosivi. Chacho había revelado su preocupación porque incluso con acumulación de victorias (el jueves llegó a 9 triunfos; 12 partidos pasaron desde su debut) River no fluía. Que existía cierto nivel de contractura, de rigidez, quizás atada al hecho de temer que un paso en falso derivara en un gol ajeno. Secuelas, quizás, del desplome de confianza que el plantel tuvo en el cierre de la era Gallardo -tiempos en los que partidos como el de Carabobo hubieran representado un riesgo latente de derrota.
Los indicios de clic son los que energizan la esperanza de River. Un equipo/plantel que mantuvo una charla algo más extensa que de costumbre con el cuerpo técnico tras el 0-1 ante Atlético Tucumán y que, si bien aún no logra sintonizar con esa versión que mostró en su mejor partido (Belgrano, 3-0) sí dio una muestra de reacción a las puertas de un mata-mata en el cual refrendar lo hecho en Venezuela. Con una ventaja: Chacho preservó a siete titulares, a los que ni siquiera subió al avión para ir a Valencia, y podrá entonces salir a jugar ante San Lorenzo con el mejor equipo disponible. Con las cartas más fuertes de la baraja. Con los que goleó en el Monumental después de aquella mini pretemporada en Caradales . Con Sebastián Driussi y Fausto Vera dentro del staff que saltaría a la cancha. Con la defensa descansada. Y con el 0-1 ante ATU enterrado en el recuerdo reciente, postergado por ese triunfo que encaminó la clasificación en la CS (incluso, dejó al equipo ahí de los octavos de final, cerca de zafar de los desgastantes playoffs frente a los eliminados de la Copa Libertadores).
River demostró que está logrando revertir aquel paradigma autodestructivo que se volvió libreto durante el olvidable 2025 que Marcelo Gallardo intentó dejar atrás, sin éxito y con consecuencias inesperadas: la caída de la estatua y la búsqueda de una alternativa en el cargo. Esa alternativa fue un Coudet que asumió, ganó, empujó, levantó. Pero hasta lo que logró hace poco menos de 48 horas parecía no estar entero del todo.
El viento de cola deberá aprovecharlo para dar el salto: con la clasificación en la Sudamericana encaminada, estratégicamente ahora todo apunta a ganar el campeonato. No sólo porque un título después de dos años (el último fue la Supercopa Argentina con Martín Demichelis, en 2024) levantaría definitivamente el ánimo del grupo y completaría la reconciliación del plantel con el público. También porque ganaar el Torneo Apertura sellaría la clasificación a la Libertadores 2027, evitando postergar esa definición/obligación hasta diciembre.
La ambición de ganar a la que Coudet hizo mención es la que debe imperar ante San Lorenzo. Para dar otro paso en la restitución. Y en el sueño de ser campeón.






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