UPCN, el equipo multicampeón del vóley argentino, enfrenta una sanción de unos diez millones de pesos por haberse negado a que la transmisión televisiva dispusiera micrófonos para escuchar en vivo las indicaciones y conversaciones durante los tiempos técnicos en la final.
Se preguntan por qué sus rivales pueden enterarse en tiempo real, vía televisión, de la estrategia que el entrenador Fabián Armoa le trasladaba a su equipo durante esos descansos. “El espectáculo es público, pero lo que hablo con mis jugadores es privado”, dice Armoa.
Hace una semana, Facundo Colidio le dio un manotazo a una cámara cuando los jugadores iban a reunirse en torno a Chacho Coudet en una “pausas de rehidratación” de la Copa Libertadores. No comprende, o no está de acuerdo, que esas pausas tienen poco de “rehidratación” y mucho de atracción para el público televidente.
A la gente le encanta ver cómo el técnico corrige cosas, qué órdenes da, cómo reta a sus jugadores. A los protagonistas no les causa ninguna gracia quedar expuestos en el lenguaje corriente que usan en medio de la contienda. El Chiqui Arce, DT de Libertad, tomó un atajo: durante la interrupción, les habló a sus jugadores en un dialecto guaraní.
Los que ponen buena parte de la plata para organizar los torneos quieren hacer más cautivante el espectáculo, incluyendo esos momentos en los que uno supone que está con uno mismo y los suyos, y no frente a millones de espectadores.
Cuando en enero el mundo vio un video de la tenista Coco Gauff golpeando frenéticamente su raqueta hasta destrozarla en el vestuario tras perder en Melbourne, Novak Djokovic ironizó que el próximo paso sería filmarlos desnudos en las duchas.
Son ellos los que tendrán que asumir que “el espectáculo” ya es mucho más que el juego, y son ellos también quienes podrían, orgánicamente, plantar límites y decir hasta dónde consienten mostrar sus vidas.



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