Cambió mucho. Y lo cambió todo. Ese ojo clínico que alguna vez llevó a Lionel Scaloni a desplazar a históricos para que Argentina se reacondicionara con caras nuevas en Qatar fue el mismo que observó algo en el partido ante Inglaterra. Un “algo” que quirúrgicamente reagrupó los bloques y que permitió que la Selección aprovechara el desgaste físico británico, ya evidente por el minuto 19 del segundo tiempo.
El primer acierto de Scaloni fue el ingreso de Nico González por Leandro Paredes. En el momento, sorpresivo: el volante había fallado apenas dos pases, era claro con la distribución, defensivamente se había anotado quites y hasta había mostrado la tensión exacta para disputar los duelos en el primer tiempo, mucho más exigente desde el overol que el segundo. El deté la vio.
Con González por izquierda, Argentina comenzó a tener mayor peso por la banda izquierda. Inglaterra ya no atacaba tanto, el bloque estaba mucho más bajo a partir del gol de Anthony Gordon. Y eso se podía aprovechar teniendo centrocampistas de mayor capacidad de pase y que eventualmente pudieran retroceder, aunque sin la obligación previa al 0-1: Anderson y Rice ya no presionaban tan arriba.
La pausa de hidratación del segundo tiempo le permitió a Scaloni seguir con su reajuste: Nico Otamendi, de mayor juego aéreo, como líbero en lugar de Lisandro Martínez; Gonzalo Montiel, con experiencia como central, a la derecha para tener mayor capacidad defensiva en los retrocesos por derecha aunque sin que eso representara no pasar al ataque; Rodrigo De Paul por Giuliano Simeone, en pos de ganar un socio para Leo Messi, quien empezó a volcarse a la derecha como ante Egipto.
Ese segundo movimiento de fichas confundió a Inglaterra, que ya decidido a conservar el triunfo parcial no mandó a los laterales y dobló marcas. Ahí se vio el acierto: Montiel tuvo mayor facilidad para desbordar que el dúo Molina-Giuliano, Nico González se adelantó y se animó más para ocupar la banda izquierda. Y empezaron a aparecer los centros que dejaron entrever que había posibilidades de herir: la nueva disposición rodeó el área de Pickford e Inglaterra no llegaba a salir a jugar rápido de contragolpe ante los rechazos.
Argentina, además, empezó a tener mejor volumen de pase en el perímetro del área y en el centro del campo. Tac, tac, tac. Sólo faltaba tener mayor peso en el área: Cuti Romero era, hasta el ingreso de Lautaro Martínez por Tagliafico, la referencia para el cabezazo, independientemente del testazo de Alexis al poste. Ese último retoque fue determinante y no sólo por el gol: quedaron fijados los dos centrales, Julián salió para ser una especie de Messi bis en el borde de la medialuna y Leo pasó a la derecha definitivamente.
Fue así que la Selección consiguió arrinconar a Inglaterra. A llevarla al juego que hipotéticamente era el más cómodo por su estatura (1,85 en promedio; el más bajo del plantel, el ausente Bukayo Saka es el más bajito con su 1,78), pero que no logró desarrollar. El remate de Enzo Fernández desde afuera, con menos oposición para el bloqueo, demostró que los británicos ya estaban demasiado refugiados; el centro de derecha de Leo a la cabeza de Lautaro, que el desgaste mental ya estaba pesando. Argentina aguantó, cambió, jugó y ganó.



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