Los técnicos, los futbolistas y los dirigentes muchas veces le temen al peso específico de la palabra fracaso. Prefieren soslayar el uso del término. Suavizarlo. En este caso, no existe una forma más precisa para definir el semestre de Independiente. La derrota frente a Rosario Central por 3-1 en el Gigante de Arroyito, que dejó al equipo de Avellaneda eliminado del Torneo Apertura en octavos de final, fue la consumación de un fracaso estruendoso.
La responsabilidad de ninguna manera es exclusiva del entrenador, Gustavo Quinteros, sino que también recae sobre los jugadores. Y fundamentalmente, en las desvencijadas espaldas de los dirigentes. El Rojo, que este año no tiene competencia internacional por no haber logrado clasificar ni siquiera a la Copa Sudamericana, quedó afuera del campeonato y ahora se entrenará durante dos semanas sin ningún objetivo por delante. Lo hará sólo para cumplir, porque el próximo partido de Copa Argentina se jugará recién después de la Copa del Mundo.
El Rojo tiene un plantel huérfano de líderes con sentido de pertenencia. No emergen caudillos. El vestuario está prácticamente acéfalo. Y la ausencia de una potente voz de mando se suma a un cúmulo de indisimulables carencias que se pagan con pésimos resultados deportivos. Después del gol de Gabriel Ávalos, quien sentenció el 1-0 parcial para el Rojo, Central estaba desorientado y para el cachetazo. Fue en ese momento cuando su máximo referente, Ángel Di María, tuvo una aparición providencial. Fideo arengó, levantó a la tropa, puso su experiencia y su talento inoxidable al servicio del grupo, se decidió a empatar el partido y lo hizo con un golazo de zurda en la agonía del primer tiempo. En contraste, nadie despertó al Rojo cuando le dieron vuelta el partido. No hubo una voz capaz de despertar una reacción. Así, la derrota se presentó como un desenlace inexorable.
El capitán de Independiente es Rodrigo Rey, con todos los riesgos que implica el hecho de que un arquero porte el brazalete. Desde esa posición, casi todas las jugadas quedan lejos. Para conducir desde el arco se requiere una personalidad avasallante como la de José Luis Chilavert. Un temple que el arquero del Rojo, claramente, no posee. El otro referente de Independiente es Iván Marcone, quien a fines de 2024 decidió renunciar a la capitanía porque el rol le resultaba incómodo y representaba una carga. «Quiero enfocarme en jugar y disfrutar», explicó. Federico Mancuello es quien tiene más antigüedad y le renovaron el contrato por ese motivo, pero el hecho de no jugar atenta contra cualquier posibilidad de ejercer ese rol. Al no estar en el campo de juego, indefectiblemente se pierde peso.
La decepción de Gabriel Ávalos, quien convirtió diez goles en el Torneo Apertura. (Foto: Farid Dumat Kelzi)
La máxima responsabilidad por no haber logrado constituir liderazgos sólidos e indiscutibles en el vestuario recae sobre quienes conducen los destinos del club. Son ellos los que no lograron traer, consolidar y encumbrar a una figura que asuma esa función con naturalidad y no de forma forzada.
Un plantel desbalanceado y con escaso recambio
Independiente, además, tiene un plantel desbalanceado y con escaso recambio en algunos puestos. Eso quedó en evidencia en el partido ante Central. Los rosarinos, que no pudieron contar con piezas claves como Jaminton Campaz y Alejo Veliz, quien llegó con lo justo por una molestia física y entró recién sobre el final, lograron suplir sus ausencias. En el complemento, los ingresos de Giovanni Cantizano y Elías Verón, autores de los últimos dos goles del encuentro, revitalizaron al Canalla. En el Rojo, las variantes no sirvieron para oxigenar y cambiarle la cara al equipo.
A Independiente le faltan variantes en la mitad de la cancha. Hay pocos volantes con contracción a la marca, capacidad para contener, recuperar y mostrar presencia con pierna fuerte cuando las circunstancias lo requieren. Marcone no tiene acompañamiento en esos menesteres. Rodrigo Fernández Cedrés, últimamente muy impreciso en la entrega de la pelota, no ha estado a la altura de las circunstancias en la mayoría de los partidos que le tocó jugar. El Rojo suele ser frágil en defensa no sólo por falencias de la última línea, sino también porque el medio es vulnerable y el equipo queda partido, largo e inconexo.
El técnico aún no le pudo imprimir su sello al equipo
A la ausencia de liderazgos consumados y la mala conformación de un plantel que quedó desbalanceado, se suma el hecho de que el entrenador, Gustavo Quinteros, aún no logró darle su impronta al equipo. Independiente es un conjunto inestable, capaz de mostrar lo mejor y lo peor, incluso dentro de un mismo partido. No se advierte con nitidez un patrón de juego, una identidad, un sello característico. La idea que pretende el técnico, quien demostró sus enormes capacidades y supo armar un conjunto de autor en Vélez y en casi todos los clubes en los que estuvo, por ahora no se vislumbra en este Rojo. Sólo jugó realmente muy bien contra Defensa y Justicia (3-1) y durante 70 minutos ante San Lorenzo (2-1).
El empate de Di María derrumbó a Independiente. (Foto: Farid Dumat Kelzi)
Independiente no pudo aprovechar ni siquiera la presencia de un Gabriel Ávalos que en este semestre estuvo en estado de gracia. Los diez goles que convirtió en 17 partidos certifican su buen momento. Pero el impacto de su influencia se diluyó en los problemas estructurales de un conjunto frágil en materia futbolística y anímica. El aspecto mental, está claro, también tiene injerencia. El año pasado, Independiente bajo la vara de los objetivos planteados y ni siquiera pudo clasificar a la Copa Sudamericana. Tropezó cada vez que tuvo que disputar un partido decisivo para alcanzar una meta. Ahora venía entonado después de ganarles a Racing (1-0), empatar con Boca en la Bombonera (1-1) e imponerse frente a San Lorenzo en el Nuevo Gasómetro (2-1).
El duelo frente a Central era la oportunidad de superar una prueba que Independiente hace rato necesita aprobar. Una barrera que precisa romper. Pero el equipo dirigido por Quinteros, que había hecho un aceptable primer tiempo, se derrumbó en el complemento. No tuvo reacción. Ni siquiera pudo dar pelea hasta el último minuto. Se quedó sin combustible, sin ideas y desahuciado. Independiente lleva más de 23 años sin dar una vuelta olímpica a nivel local. Para que la espera se termine, van a tener que cambiar muchas cosas. De lo contrario, la prolongación del suplicio será una lógica y dolorosa secuela de una herida que nunca termina de cicatrizar.